
A las cinco de la madrugada, las calles aún se sienten vacías; Puebla parece una ciudad fantasma. Los edificios de oficinas aguardan silenciosos, las fábricas en aparente quietud, las iglesias están cerradas, las máquinas dormidas, las tiendas con las persianas echadas hasta que, a manera de despertador y recalcando la religiosidad profunda de la ciudad, los campanarios repican como si se respondieran unos a otros despertando a los habitantes. Aquí empieza la sinfonía.
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