

Una jovencita extraordinaria que desde pequeña no esconde el don de liderazgo que tenía y que no lo empleaba para sí misma sino para hacer conocer y amar a Jesús. María Josefa Rosello tuvo una vida por demás fecunda. Antes de su muerte ya había fundado 66 conventos para hacer caridad, acoger jóvenes abandonadas, educar y también cuidar y curar a los enfermos más abandonados. Lo que caracteriza su vocación es la gran diligencia, el dinamismo, la audacia y la enorme confianza que ella tiene en la Providencia Divina. Pero todas estas virtudes no serán superadas por aquella de la alegría. Su sonrisa es consuelo y fuerza para aquellos que la rodean. Desde sus hermanas religiosas hasta los más pobres y enfermos, todos son unánimes en reconocer que, en esta hermosa alma, habitaba sin duda el mismo Jesucristo.